LUZ SUICIDA

Poemas y música, así, a secas.

Illuminations – Buffy Sainte-Marie

EDUARDO PADILLA – VENUS GIRA SOBRE LAS CASAS

TRANSTIERROS



Fui a la casa del lobo.
Después de varias copas
se levantó al baño
y regresó vestido de ciervo.
O sea que le había quitado la piel a un ciervo
y se había hecho una capa
y un par de botas
que le subían a los muslos.
También traía cuernos
en la cabeza y el pecho;
las puntas tenían
un brillo irisado que se alargaba
en la semi-oscuridad de la sala.
Las puntas de aquellos cuernos brillaban
como brilla Venus por la madrugada.
El lobo hizo un par de contoneos
y yo me paré de golpe
y le planté un beso enorme.
Le embarré todo el labial.
Fuimos a su alcoba.
Abrió la puerta despacito…
con sonrisa lupina
y mano teatral
dirigió mi atención a la cama:
ahí estaba el cazador,
tendido y atado
a las 4 puntas del mueble.
Lo tenía vestido de abuela.
Yo ya no pude.
En…

Ver la entrada original 100 palabras más

Ans #2

El vendedor de aceitunas
no me dice silencio alguno.
Sólo se queda pálido
con un número sordo que se aleja en su mano.

Ya que el tordo de espuma de la tarde
se acerque –tenuemente- a mi nariz
mi maestro de secundaria
que es un campo verde y muerto
su cercada salud desabrida
revelarán mi auténtica
naturaleza de hongo, de sal con alas
de orgasmo acuclillado.

Mientras tanto
azules pequeñeces se empinan
en carruajes, en celulares no usados
espaldas sin párpados de señores
sin nucas ni pañuelos sin voz.

David Cañedo Mesinas.

Forma de ojo vacío y descompuesto

El viento sube y me muerde
ya que soy semejante a un anillo de rocío
ya que me recalco y calcino resignadamente
el viento se me sube y me muerde.

Blanco.
Blanco como la carne de un muñeco de nieve
con diminutas venas de agua esférica.

Triste.
Triste como el grito en una caña
o el olisqueo de un can que se cae y claudica.

Serio y tiritando
mis dedos musicalmente
y enojado y vestido con renglones
de otras materias, con orejas
de otros animales.

Me envuelvo con ellas
y el viento se me trepa y me muerde.

Me vio desde una esquina del tilichero
creyendo que mi cuerpo era un arco muy enfermo y seco.

Viento garrafal que me escala alas agrias
con un recuerdo de ser ola degenerándose.

Blanco, negro, rojo, en una cantina exhaustiva
de médulas ajenas al jardín que me espiaba.

Y mis dedos
mis manos
mis ay, ay, ay
mis identidades
severamente
aterrorizadas
se van de mí
se van de mi mí mordido/ me rechazan.

—Luego viajaron interiormente
y viven ahora muy felices.—

…El viento de mis dedos castrados, de mis dedos de costados cilíndricos.

David Cañedo Mesinas.

Aromas

Estoy todo regado
de noches y de fiambres por noches y fiambres
en noches y fiambres.

So pradera,
servil, redentora
de enemas y de cruces
de flores y de rostros
de hambre.

Estoy en mí
calloso tuyo e infame estercolero
ebrio mío, carne zafira
pendiente.

Ardo en mí
ancestro escatológico
cuya capa de piel copiosa me había
surgido chispas.

Ardo de enebros
y esto que es infinito;
que me riega en salpicones rojos
de perros sin ruido
de incidentes arrumacos
de cascadas.

David Cañedo Mesinas.

Perseguido

Hay una soledad que escojo
y otra manera de representarla sin siquiera conocer su nombre.

Lejos del aire anciano, donde las hojas gatean
quebradizas y muertas de sed;
donde se acurrucan escamas y se escuchan crecer uñas azules.

(Soy fiel al cadáver que alumbra cada otoño mis ideas;
que golpea con una garra sus escombros).

Y es que entonces quedaba varada
mi soledad
como un eco.
(Yo escojo mencionarla ahora a manera de aullido
sin vocablos).
Hay algo desesperanzador en esa vieja usanza
de reconvertir las cosas…

Yo me acuerdo aún cuando
frente a frente de un éter infinito
no me encontraba nadie.
No había soledad, no había hambre, no había voz.
Un vacío de roca negra me recogía de las cuencas
cuerpos desgarbados.

Luego, repentinamente, amaneció.

Yo me vi envuelto en un barullo de saltadores objetos;
de siluetas chocantes, amarillas.

Vine entonces aquí, a esta nueva palabra sin silencio,
con ninguna esperanza de volver.
Quise describirle aquella extraña sensación de conocer el universo nuevamente
cada mañana.

Ella simplemente me dijo su nombre y se fue.
Pero su nombre, su nombre añejo que es impronunciable y quedo
colgaba una larga sombra que me rasguña los ojos.

Soy perseguido ahora, súbdito sin eje.
Y en plena cacería calla serenamente un rayo nocturno mi cuerpo.

David Cañedo Mesinas.

Deshacernos

Un puente de besos, que cuelga desbaratado.

No     si  –  gas. Ya puedes llorar
SÍ, YA PUEDES.
Llorar ya podemos, ya.

Somos un venado descabalgado.
Somos este meñique nuestro
o esta ágata de frío
o somos como un ave deshojada.

O contenemos otras cosas, quizás, otras ciudades ya muy gordas y somníferas
con árboles estrujados a montones, gigantescamente.

Hay en nosotros otra brisa de huesos.
Pétalos de invisible carne, duendes molidos en una cerradura.

Quizás suspiramos algo.
A  l  g  o        quizás…     Suspiramos.
Entonces

No puedes ya dejar a un lado el viento
que antes no sentías.

Si supiste ya decirme
mirándome
mirándote
cómo de claras son nuestras oscuras arrogancias.

Ya veo.
Sí…
Te   d e s h a c e s.

Veo como que te vas deshaciendo.

Me hago el dormido y abrazo a tu sombra.

David Cañedo Mesinas.

Penúltima demencia

Estar demente y amarte son dos cosas.
Son dos cosas muy distintas.
Un cadáver de rana entre ambas duerme.
Verde y enamorado
con estacas en su mandíbula.
Y a mitad de esta rana hay un pozo sangrando este aroma a adrenalina.
Hay un vidrio con forma de corazón de escamas.
Y hay un grito que sueña con silencios y con chispas.
Cuando se levanta un hombre diminuto a observar en la orilla del mutismo nocturno
caen sus notas de carne y queda mi sueño hinchado.
Sin música mi única sinfonía.
Flotando alrededor de sus costillas cetrinas.
Vencidas
estampadas
Flotando alrededor de mis costillas.
De día callan violines como recién disparados.
Y nacen de sus encías raíces que envuelven a estas dos estacas.
Que envuelven mis dos manos que sujetan dos estacas.
Y envuelven dos sogas que amarran dos manos alrededor de dos estacas.
Y envuelven dos extremos suicidados de soga y después de ellas ya no hay sombra ninguna.
Una estaca está clavada en un césped de cielo.
Y una estaca está clavada en una vena que aún ríe.
Y ambas gritan sin mí.
Ambas aúllan.
Con sus corazones engrapados.
Sin ellos.
Sencillas sus gargantas que a sus aguas oprimen.
En ellas crecen microscópicas orugas sin fin.
Arpas deshabitadas.
Tambores asesinados venenosamente.
Y todos ellos tiemblan.
Tiemblan.
Están tumbados encima de un inframundo blanco.
Están encima de un féretro gangrenoso de flautas.
Flautas ebrias y ebrias y ebrias mi amor.
Todos están allí por ti mi todo amor.
Ellos tantean mi saliva de anhelo de mar.
Tantean mi alma que es un rostro crucificado.
Y yo no estoy demente
Y yo ya no me enamoro de tu manera de despedirme.
Soy como un solo viento que agita muros inmóviles.
Soy como un solo pellizco de viento.
Cada día que muero me desarmo.
Me quedo ya varado en un sitio de cuerpos.
No son cuerpos ya sin huesos.
No son seres ahorcados y vagabundos.
Nadan en un campo de ranas y columpios.
Yo te quiero.
Te quiero.
Estoy demente y revivo cada vez que me miras.
Hace falta un pozo negro en donde saborear mis manos
que no son manos
que son rejas de vidrio submarino
que son algas de no verte asesinada y rolliza.
Son guantes mordidos encima de una mesa química.
Tienen besos con forma de vértigo o palíndromo
y ojeras de no caerse cada vez que gritan.
Estar demente y amarte son dos cosas…
Cada vez más imposibles.
Más vencidas.
Más con la actitud de un vicio religioso.
Junto yo mis manos en medio de una rana
y hay dos clavos de madera en medio de ella.
Y hay en medio de ella sogas en mis manos
y hay en medio de mis manos un torbellino de vísceras.
Yo te amo y estoy demente.
No te amo.
Miro mi reflejo atravesar tus aguas.
Estar muerto y erosionarse son dos cosas.
Yo solo soy como un charco sin viento.
Yo solo soy un solo ser que no se salva
de vivir demente y de vivir de amarte y de dormir inundado.

David Cañedo Mesinas.

Pájaro-Puerta

Me di cuenta que tu pijama viscosa es mi muerte y que un frasco engrapado en Dios no tiene un vientre que derrame rosas de durazno como aquellos fantasmas degollándose sobre un pétalo de avispas o de dirigibles sin voz.
Las oficinistas vacas son entonces pasajeras
y yo he tomado tus dientes con mi foco de pestañas en el bar de una pirámide.
He parido.
He manado.
He cojido con un alambre de sol que chillaba pateándose medallas de leña.
He bajado de mi cuerpo con un único cántaro repleto de vecinas que odian a las aves.
Yo soy el que ensombrece.
Soy un múltiple malabarista en este copo de terciopelo.
Soy una iguana y una hoz que se dan cuenta.

David Cañedo Mesinas.